La Real Academia no tardará en reconocer esta nueva palabra por imperiosa necesidad, o ¿acaso hay en el castellano algún término para desginar ese ecologismo de boquilla del que no se salva nadie y con el que nos quedamos tan anchos?
Abramos los ojos y quitémonos las manos de las orejas. Queremos creer que los gobiernos se encargan eficazmente de hacer desaparecer por arte de magia todo aquello que es contaminante y que nosotros por nuestra parte lo estamos haciendo bien, que tenemos ganado el ecocielo con nuestras peregrinaciones a los templos sagrados de Cartúnez, Vidriolo y Plastichín, y que nos encomendos ciegamente a San Biodegradable cuando cometemos el pecadillo de tirar nuestros chapapotines por el sumidero. Pero lo cierto es que aunque la mugre se esté ocultando bajo la alfombra ahí la tenemos, nos la estamos comiendo, de forma pasiva e involuntaria, pero cropofágica al fin y al cabo.
Mi protesta-propuesta tiene para mí el soporte más directo, la de mi propio cuerpo. Se trata de una performance que quiere, al menos, llamar urgentemente a la concienciación y por supuesto, que no es poco, activar las posturas pasivas, resignadas y conformistas sobre el tema del medio ambiente.